Un justo final

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Había una vez un personaje invisible que adoraba el invierno y se volvía poderoso cuanto más frío hacía. Nadie podía verlo, pero muchos sufrían las consecuencias de su visita cuando llegaba junto a su mejor amigo, el señor Catarro.

Así, un día, un pequeño niño de cuatro años llamado Totó, despertó con dolor de cabeza y sin apetito. Su mamá le tomó la temperatura, puso cara preocupada, y dijo:

_¡Mmm…! ¡Tienes fiebre!  No podrás ir al colegio hoy; te quedarás en cama. Prepararé unas ricas limonadas para que bebas durante el día. ¡Ya verás que pronto te sentirás mejor!

A Totó no le pareció nada bien la idea de quedarse en casa, pero como estaba realmente desanimado, lo aceptó.

Al día siguiente ya no quedaba fiebre y se sentía mejor; pero sin embargo, apareció este indeseado e invisible personaje al que nadie invitó: la señora Tos.

A cada rato, mientras jugaba, le provocaba comezón en la garganta y lo obligaba a toser. Si corría mucho llegaba ella a molestar y vuelta a toser. Tampoco lo dejaba comer tranquilo, tenía que toser y toser.

_ ¡Qué cargante! ¡Qué pesada! ¡Quiero que te vayas! _gritó Totó.

Justo en ese momento llegó la mamá y dijo:

_Yo también quiero que se vaya la tos a molestar a otro lado.

_¡Ándate tos, no te queremos! ¡Vete! ¡Vete! ¡Fuera de aquí! _gritaron muy fuerte Totó y su mamá.

Entonces, la tos se encogió y encogió en la garganta de Totó volviéndose más invisible aún, y cuando él abrió la boca, ella saltó y fue a caer sobre una pequeña mosca que caminaba por el piso. Casi inmediatamente, la mosca sintió frío y se ubicó en la pared detrás de la estufa. Durmió unos minutos, y al despertar, ya la tos se había instalado en su garganta y la obligaba a toser.

La mosca pensó que si volaba sin parar, la tos no la molestaría; pero fue inútil: volvía igual. Entonces, estuvo atenta a cuando se abrió la puerta, y ahí aprovechó de salir para respirar aire fresco y juntarse con sus amigas.

Cuando las amigas la oyeron toser y toser, se tomaron de las manos formando una ronda alrededor de ella y comenzaron a gritar:

_ ¡Ándate tos, no te queremos aquí! ¡Vete! ¡Fuera! ¡Fuera!

Entonces, la tos, se encogió y encogió en la garganta de la pequeña mosca hasta que ella abrió la boca y saltó, y fue a dar justo encima del lomo del gato Adalberto, que iba camino a la leñera para dormir una larga siesta.

Adalberto se acomodó lo mejor que pudo y ¡zas!, que durmió hasta que se oscureció. Despertó estornudando y con romadizo. Se ubicó junto a la puerta de la casa para intentar entrar, pero nunca se abrió. Algo molestaba su garganta que lo hacía toser una y otra vez. Comenzó a cansarse de tanto toser y eso lo puso de malhumor. Sol, la perra más vieja de la casa y su mejor amiga, lo miraba con cara de preocupación.

_ ¿Qué te ocurre, amigo Adalberto? _le preguntó con la mejor de las intenciones.

Pero el gato, molesto, al intentar responderle sólo pudo toser y toser.

Al fin pudo decir, casi gritando y con la voz muy ronca:

_ ¿Qué no ves que me he resfriado y tengo mucha tos? ¡Es un suplicio! Me duele la garganta como si se me fuera a romper.

_ ¡Pues no la soportes más! ¡Échala ya! _dijo la perra.

_ ¡Vete, señora Tos! _maulló lastimeramente el gato. _¡Vete, por favor!

Al oír esto, la tos se encogió y encogió en la garganta de Adalberto, y en cuanto abrió nuevamente el hocico, ella saltó sobre la cola de la Sol. Siguió avanzando hasta entrar por sus húmedas mandíbulas, en el preciso momento en que bostezaba.

Al amanecer, aún dormida, la perra comenzó a enroscarse más y más cada vez, pues sentía demasiado frío; situación inusual en ella, ya que le encantaba tenderse sobre el césped congelado de las mañanas invernales.

Su amigo gato ya no estaba junto a ella y no encontró a quién contarle que no tenía apetito; que sentía la cabeza pesada, como de piedra, y sólo quería encontrar un lugar abrigado para seguir durmiendo. Luego, comenzó a picarle la garganta y comprendió que ahora, la señora Tos se había instalado en su cuerpo para hacerla sufrir.

Unas vacas blanquinegras se acercaron al portón de entrada, y Sol corrió a espantarlas con sus poderosos ladridos. Pero la carrera la dejó sin aire y en vez de ladridos, tuvo que toser. La garganta le dolía como si tuviese una herida y le producía picazón, obligándola a toser una y muchas veces. Agotada por el esfuerzo se echó junto al portón.

_Ya sé lo que haré _pensó. Esto no puede continuar. Me desasiré de esta molesta tos aprovechando que las curiosas vacas se acercaron a mirarme. Reunió las pocas fuerzas que le quedaban y gritó:

_¡Vete, señora Tos! ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!

La tos se encogió y encogió a más no poder esperando a que Sol ladrara, lista para saltar. En cuanto pudo se lanzó, yendo a dar a las patas de una vaca. Por ahí escaló hasta llegar al hocico, donde se introdujo sigilosamente esperando el mejor momento para molestar.

Las vacas, en ese instante, estimaron que era hora de ir a echarse bajo los árboles para rumiar tranquilamente su comida.

De pronto, la vaca donde estaba muy escondidita la señora Tos comenzó a estornudar, lanzando lejos el pasto que rumiaba. Las otras no quisieron perderlo y se lo comieron, pero no sabían que la molestosa señora Tos ya lo había contaminado.

Esa noche, en el establo, durmieron apretujadas una contra otra, pues comenzaron a sentir mucho frío y les lagrimeaban los ojos. Al amanecer, cuando el señor granjero fue a buscarlas para la ordeña, se encontró con la desagradable sorpresa que todas estornudaban y tosían, a la vez.

Muy preocupado, las dejó en un corral lejos de los caballos y las ovejas; y luego llamó al veterinario.

A todo esto, la señora Tos no cabía en sí de felicidad cuando oyó toser a todas las vacas, comprobando así, que había formado una gran familia.

Pronto arribó el señor veterinario y fue examinándolas una a una. Las acatarradas vacas mansamente abrían el hocico para ser revisadas.

Enseguida, preparó sus implementos y fue inyectando un poderoso medicamento a todas ellas.

_ Deberán permanecer aisladas al menos por una semana, así evitaremos el contagio. Al cabo de cinco días recuperarán el apetito y estarán mejor. Sólo deberá preocuparse de ventilar muy bien el corral y mantener abundante agua fresca para cuando les suba la temperatura _le dijo el veterinario al señor granjero, y enseguida se marchó.

Las vacas permanecieron esos días echadas sobre el heno, desanimadas, afiebradas y de mal genio.

A todo esto, la señora Tos con sus hijos comenzaron a sentirse muy extraños. Eran incapaces de provocar tos y sus cuerpos comenzaron a encogerse rápidamente. Apenas podían moverse. Haciendo un gran esfuerzo ella salió de la garganta donde estaba y llamó a sus pequeños hijos.

_ Ha llegado el momento de retirarnos _les dijo.  _Los medicamentos que trajo el veterinario están surtiendo efecto y nuestro amigo Catarro está moribundo. Es inminente la llegada de la primavera y del calor. Deberemos permanecer como diminutas partículas de polvo, confundidos con la tierra, hasta la vuelta del frío y del invierno. Nadie nos quiere ni necesita. Todos nos han expulsado de sus cuerpos.

En ese momento Totó entró al corral con una pala. Cavó justo donde se había quedado la señora Tos con sus hijos, y llenó con tierra una bolsa que traía.

Ya en casa, Totó le agregó un poco de agua a la tierra, y luego la amasó como si fuese a preparar unos panecillos, dándoles finalmente forma de pequeños cuencos.

Al sentir el agua fría la señora Tos comenzó a revivir. Sin embargo, ¡oh, sorpresa!, cuando pudo abrir los ojos intentó salir de la masa, pero el lugar donde se encontraba ahora era estrecho, oscuro y caluroso. ¡Totó había colocado los cuencos dentro del horno de la cocina para quitarles la humedad!

La señora Tos sintió que otra vez disminuía de tamaño y se debilitaba. Comprendió que esta vez nada podría hacer para evitarlo; entonces, aceptó su fin.

Había llegado la hora de arrepentirse de lo mucho que había molestado. De todas las veces que se alegró haciendo sufrir a tantas personas y animales. Pero, ¿cómo evitarlo, si nunca podía resistirse a las invitaciones que le hacía su amigo, el señor Catarro?

Ahora, desapareciendo, pagaría por todo el sufrimiento que había causado. Sólo estaba recibiendo el castigo que merecía y lo consideró justo.

Así, en el caluroso horno de una cocina  terminó la vida de la señora Tos. Este detestable personaje invisible que llegó un frío invierno de la mano de su amigo, a causar muchas molestias y preocupaciones.

Imagen tomada de internet.

8 comentarios en “Un justo final

      1. Mª Yolanda Gracia López

        ¡Pues precisamente la estoy sufriendo! He curado el catarro pero ella se ha quedado a vivir conmigo. Voy a seguir atentamente las instrucciones de tu relato, porque ya no sé qué hacer. Buenas noches

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    1. Tanto como crac, no lo creo… Sólo intento escribir pensando en que a los niños podría gustarles. Pasé tantos años leyendo con ellos o a ellos, que se me quedaron pegadas en la memoria sus caritas mientras imaginan lo que las historias van contando.
      Un beso.

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