Verano en conserva

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Esa mañana de verano los vecinos que pasaban frente al jardín de la casa de Igna miraron la extraña instalación, sin comprender nada.
Sobre el césped destellaban al sol las bocas descubiertas de muchos frascos, al mismo tiempo que debajo de ellos las pequeñas gotas de rocío recibían la cegadora luz del sol a través de los gruesos cristales.
Un poco más allá Igna con Diego, su mejor amigo, iban arrastrando una gran valija con ruedecillas y tocaban a la puerta de las casas de sus compañeros de juegos.
En todas, luego de preguntar por ellos y de contarles que realizaban un experimento, hacían la misma solicitud:
_Anda, ¡préstanos algunos frascos! ¡Ni cuenta se dará tu madre!
Enseguida, los metían en la valija y continuaban el recorrido.
Al mediodía, ya habían llenado y vaciado varias veces la valija y ya no quedaba espacio para colocar ni un frasco más, en el jardín.
Entonces, con alegría y satisfacción, se tumbaron sobre la vereda para observar cómo el sol se introducía en cada una de esas anchas bocas de vidrio.
_Según el pronóstico, en dos horas más se producirá la temperatura más alta del día. Almorzaremos y nos encontraremos aquí a las 16:30h _dijo Diego.
_¡De acuerdo! _respondió Igna. Aprovecharé de dormir un rato; así renovaré fuerzas para realizar el gran trabajo por hacer.
Tanto Diego como Igna, en sus respectivas casas, comieron todo lo que les habían preparado sin encontrar nada por qué reclamar. Las mamás, un tanto sorprendidas, pensaron en lo bien que estaban sentándoles las vacaciones… Seguro que comenzaban a madurar…
A las cuatro y media en punto llegó Diego a casa de Igna portando una gran bolsa con las tapas que habían ido guardando. Igna, sonriendo, apareció en la puerta.
Primero conversaron hasta encontrar la mejor estrategia para tapar los frascos con rapidez. ¿Cómo no se le ocurrió esto antes, a nadie? _¡Somos genios! _se dijeron a sí mismos, felicitándose por la brillante idea. Ellos serían los únicos que disfrutarían del calor del sol en las vacaciones de invierno.
De acuerdo a lo conversado se ubicaron en lados opuestos del rectángulo que formaba el jardín. Cada vez que cerraran un frasco irían ubicándolo tras de sí, para continuar con la siguiente fila.
_¡Listos! _dijo Diego. ¡Uno, dos y tres!
Extendieron la mano para tomar el primer frasco y, ¡ohhh!
_¡Aaay, me quemo! _gritaron a la vez.
No habían previsto ese pequeño gran detalle. Necesitaban guantes.
_No te preocupes _dijo Igna. Papá guarda unos muy gruesos para manipular la parrilla cuando prepara asados. Los traeré.
Les quedaron bastante holgados, pero no importaba; no podían retrasarse más.
Cada uno se dio a su tarea sin hablar. Al cabo de media hora sudaban a más no poder y por más que intentaban apurarse, parecía que nunca terminarían.
Pasaron dos horas y recién iban en la mitad. El sol ya no daba de lleno sobre los frascos.
_Debemos detenernos _dijo Diego. A este paso, terminaremos de noche. Habrá que pensar en otra estrategia.
_¡La tengo! _dijo Igna. Invitaremos a todos nuestros amigos para mañana al mediodía y ellos nos ayudarán.
Entonces, recogieron hojas bajo los castaños de la plazuela y usando un alfiler en vez de lápiz, escribieron:
«Te esperamos mañana a las doce del día en la puerta junto al resbalín de la plaza», Igna y Diego. Luego fueron metiéndolas bajo la puerta de cada casa.
Esa tarde cuando la mamá de Diego lo fue a buscar a casa de Igna, puso una cara muy extraña y preguntó:
_Pero, ¿para qué es todo esto?! ¿O se dedicarán a preparar mermeladas?!
_¡No, no, no! ¡Nada de eso! Es sólo un experimento. Mamá me ha permitido ocupar este espacio, pero ya mañana terminaremos _dijo Igna, muy seria.
Esa fue una noche muy larga; larga para los dos. A pesar del cansancio, les costaba cerrar los ojos, porque en vez del sueño acudían muchas preguntas. ¿Vendrían todos? ¿Querrán ayudarnos? ¿Se reirán de nuestra idea? ¿Alcanzarían a terminar con rapidez?
¿Daría resultado? Y, ¡ay!, como si estuviesen conectados, al unísono cayeron en cuenta que no habían pensado en qué lugar los guardarían. Cada cual imaginó su desván repleto con ellos.
En eso estaban, cuando la traviesa hada Funfinfá pasó por ahí. Enseguida se volvió invisible y muy concentrada leyó los pensamientos de los dos amiguitos que aún se daban vueltas y más vueltas, en sus respectivas camas. Pronto comprendió de qué se trataba y sintió pena por la gran desilusión que sufrirían. Ella arreglaría todo para que no sucediese, pero mientras tanto, no pudo resistirse a su tarea de siempre: gastarles bromas a los niños.
Así, a la mañana siguiente, cuando tempranísimo Igna y Diego fueron a observar sus frascos, los encontraron todos boca abajo. Sorprendidísimos, comenzaron a darlos vuelta y cada vez que lo hacían, del interior escapaba un oscuro sapo de grandes ojos.
_¡Rayos y centellas! ¿Cómo ha sucedido esto?! ¿De dónde han venido?! _gritaba Diego.
_¡Uy, qué asco! _replicaba Igna.
_Volteémoslos pronto; antes de la hora de reunión con nuestros amigos!
El lugar comenzó a llenarse de pequeños sapos húmedos que croaban y saltaban sin cesar.
_¡No puedo más! _dijo Igna, _siento las manos pegajosas _ y comenzó a llorar.
Al ver esto, inesperadamente, se hizo visible el hada blandiendo su varita mágica.
_¡Funfinfá! ¡Fuiste tú! _dijo Diego con cara de enojado.
_¡Hola amiguitos! Veo que estáis en problemas. No os preocupéis, tengo la solución. Y dando unos rápidos giros sobre el jardín fueron dándose vuelta todos los frascos y desapareciendo aquellos pequeños anfibios que tan repugnantes le resultaban a Igna.
Entonces Funfinfá, arrepentida de la pesada broma, se ofreció para ayudarlos a colocar las tapas en la hora de más calor.
_¡Bien, hadita traviesa! ¡Ojalá todas fuesen como tú! _dijo Igna con cara de felicidad.
_Sólo que ya no necesitaremos de la ayuda de nuestros amigos y se hace tarde para avisarles.
Entonces Funfinfá también encontró la solución: llenó una gran canasta con hojas de castaño y las convirtió en olorosos y sabrosos melocotones, que llevó a los niños reunidos con los saludos de Igna y de Diego.
Enseguida vino lo mejor de la tarde. Funfinfá les pidió que fueran a la casa de cada uno para despejar su respectivo desván, pues ahí quedarían guardados los frascos hasta el próximo invierno y que cada uno volviera con una valija para poder transportarlos hasta allá, mientras ella se daba a la tarea de taparlos y envolverlos en papel.
Igna y Diego no resistieron la curiosidad, y desde la ventana más alta de sus casas observaron cómo el hada Funfinfá rozaba los frascos con su mágica varita, y al instante, ellos aparecían tapados y envueltos. Volvieron lo más rápido que pudieron, pero ya Funfinfá había desaparecido y el trabajo estaba terminado. Sólo les restaba a ellos comenzarlos a guardar.
Perdieron la cuenta de cuántos viajes hicieron. Terminaron exhaustos, pero felices. La ayuda de Funfinfá había sido genial. Sin la intervención de ella no hubiesen alcanzado a terminar.
Se bañaron muy temprano para irse pronto a descansar. Esta vez los ojos se les cerraban solos, sin embargo alcanzaron a recibir cada uno la visita del hada Funfinfá, quien vino a pedirles que en invierno, antes de utilizar los frascos la invitaran, pues siendo tantos necesitarían de ayuda para abrirlos todos a la vez, y porque ella deseaba compartir con ellos esos momentos de satisfacción y felicidad.

¿Cuál será el nombre más adecuado? ¿»El experimento»  o  «Verano en conserva»?

Cuento para niños entre siete a diez años.

7 comentarios en “Verano en conserva

  1. @lidiacastro79

    Qué bonito! La curiosidad infantil no tiene límites! Mira que querer conservar el verano en un montón de tarros (y quién no?! Jeje 😅 )
    Muy bueno. Un abrazo grande, SariCarmen! 😘 🌟

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  2. ¡Qué bonito cuento! Espero que al hada Funfinfá no se le olvide estar presente cuando abran el veranito en invierno… sino el desengaño va a ser mayúsculo.
    A mí también me gustaría poder guardar el verano, y las rosas, y el sol, y sobre todo el calorcito, aquí, en Burgos, es verano es muy corto y el invierno muy largo… como dicen por aquí tenemos solo dos estaciones, el invierno y la estación del tren, jeje.
    Un besito, Saricarmen.

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    1. ¡Ja,ja,ja! Los dichos son siempre sabios.
      Una pena que el verano sea tan breve por ahí. Además que los días grises y fríos se vuelven tediosos, lánguidos y tristes.
      Hace unos momentos veía una imagen de Burgos en la tv donde aparecía un hermoso arco iris.
      Me alegra que te haya gustado el cuento, Estrella. También he guardado un poco de verano en frascos, pero convertido en mermeladas de durazno, y de saúco.
      Besos, amiga!

      Le gusta a 1 persona

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