Concentrada, conduciendo, desde la vera del camino un color especial me distrae. Son unos pequeños pompones amarillos que parecen sonreír a mi paso…
No. Soy yo la que sonrío cuando llego a casa, me siento, y sin esfuerzo ni rebuscar dejo que afloren los recuerdos… Ellos me abrazan en un encuentro cálido cargado de emociones para revivir aquellos días de finales de agosto, durante los festejos de aniversario de nuestra querida escuela. Olía a flores de aromo en los amplios comedores, en las salas recién decoradas, en nuestras manos… Esa brisa perfumada presagiaba alegrías, nuestros corazones rebosaban de burbujas amarillas.
Los aromos florecidos y el aniversario forman un solo gran e inseparable recuerdo. Vivíamos una sucesión de actividades que constituían un reto para la imaginación y el entusiasmo. Nadie podía permanecer indiferente, ese torbellino nos envolvía, todo era posible en esa semana tan anhelada. y ese sentir permanente de estar importantemente ocupados en alguna de tantas actividades.
Por ese entonces ni los sueños agoraron el devenir de los años. Más hoy el espejo, frío y desconsiderado, me grita que más de cincuenta años han pasado desde aquellos días alborotados: este pelo blanco es la certeza de su paso. Sin embargo, recordando, todo cobra vida como si fuese hoy. Los rostros de mis compañeros permanecen aquí, en mi corazón, donde siempre quedaron, plenos de afecto, recuerdos y detalles, guardados tal cual, lo mismo que la particularidad de sus personalidades. Solo bastó que asomaran junto al camino los suaves y pequeños pompones amarillos con su aroma inconfundible para llevarme al pasado.
Debo confesar que cuando suelo pasar frente al edificio de la que fue nuestra escuela, siento unas ganas locas de recorrer sus pasillos, de volver a sentarme en el puesto que ocupaba en la sala, de revivir las clases, de mirar tantos rincones y lugares habituales. Y otra vez surgen los rostros de cada uno. También me veo atendiendo al profesor con un ojo y con el otro mirando a los “minos” que, por alguna razón permanecían apegados a los ventanales de la galería en horario de clases.
Siento que siempre mantuvimos un gran compañerismo y respeto, no solo dentro de cada curso, sino entre todo el alumnado. Fueron nueve años de convivencia ¡imposible no recordarlos!

